1.02. El nacimiento de la arqueologia bíblica - II


Desde comienzos del siglo XIX cambió mucho esa actitud. Se muestra mucho más respeto hacia el Antiguo Testamento, sus narraciones y sus enseñanzas que el que se mostraba antes.

Los resultados de las exploraciones en el Cercano Oriente fueron el factor más importante para producir este cambio. Ante el torrente de luz proyectado por la arqueología sobre las civilizaciones de antaño, se destaca el Antiguo Testamento, no sólo como históricamente fidedigno sino también como único en sus alcances, poder e ideales excelsos en comparación con las mejores producciones del mundo antiguo.

Una autoridad en historia, que no reconoce la inspiración de la Biblia, observó acerca de este hecho:

"Juzgado como material histórico, es posible sostener que el Antiguo Testamento se destaca hoy más que cuando su texto estaba protegido por las sanciones de la religión... "El historiador... no debiera juzgarlo desde un punto de vista moderno. No debiera comparar el Génesis con Ranke, sino con las producciones de Egipto y Asiria. juzgada a la luz de sus propios días, la literatura de los judíos es única tanto en alcances como en poder" (James T. Shotwell, An Introduction to the History of History [Introducción a la Historia de la Historia], pág. 80).

Y añade: "Que la perspectiva [del 'deuteronomista'] era realmente excelsa - la mejor del Antiguo Testamento - lo admitirá cualquiera que lea del capítulo quinto al undécimo de Deuteronomio y luego los compare con el resto de la literatura mundial antes del pináculo de la civilización antigua" (Id., pág. 92).

Extensas exploraciones de la superficie y numerosas excavaciones de localidades antiguas sepultadas, no sólo han puesto de manifiesto la evidencia de que han resucitado antiguas civilizaciones delante de nuestros ojos, sino que también nos permite reconstruir la historia antigua y coloca las narraciones de la Biblia en su verdadero contexto histórico.

Se han encontrado claves que capacitan a los eruditos modernos para descifrar escrituras por largo tiempo olvidadas, tales como los jeroglíficos egipcios e hititas, la escritura cuneiforme de Sumer y Babilonia, o los escritos alfabéticos de los antiguos habitantes de Palestina y Siria.

Idiomas muertos durante miles de años fueron resucitados y se han sistematizado su gramática y vocabulario. Las arenas de Egipto y las ruinas del Asia occidental revelaron una riqueza de material literario que había estado oculto y preservado durante milenios. Esto capacita al erudito moderno para reconstruir mucho de la historia antigua de aquellas naciones así como su religión y cultura.

Ciudades como Laquis, Hazor, Meguido y Nínive - por mencionar sólo unas pocas - cuyos nombres aparecen en la Biblia o en otros registros antiguos, pero cuya ubicación era enteramente desconocida, fueron redescubiertas y excavadas.

Fueron sacados a la luz sus templos y palacios arruinados; fueron halladas sus escuelas, bibliotecas y tumbas. Entregaron sus secretos por largo tiempo guardados y contribuyeron al rápidamente creciente aumento del conocimiento en cuanto al mundo antiguo, un mundo en el cual vivieron los personajes de la Biblia y en el cual se produjeron sus sagradas páginas. Se han gastado millones de dólares para recuperar el antiguo Oriente.

Nobles eruditos han dado su riqueza y, en muchos casos, su vida por este propósito, y se han escrito miles de voluminosos tomos para registrar los hallazgos de los últimos dos siglos.

Se puede ver la providencia de Dios en ese progreso.

¿De qué otra manera podría explicarse que todo ese material invalorable estuviera oculto de la vista de los hombres durante tantos siglos, cuando nadie hubiera aprovechado de él, y cuando no era necesario establecer que las Escrituras son fidedignas pues nadie las impugnaba?

¿Cómo es que todo ese material salió a la luz cuando era más desesperadamente necesitado para mostrar la veracidad de la Palabra de Dios y la verdad de la historia sagrada?

Un ojo vigilante lo había preservado para el día cuando haría su parte para testificar en favor de la verdad, y cumplir las predicciones de Jesucristo de que, cuando los testigos vivientes cesaran de testificar por él y la verdad, clamarían las mismas piedras.