12.07. El pecado en Mesopotamia

Cuando estos pueblos hablaban de pecado, conocían lo que éste significaba; percibían nítidamente que robar, matar, engañar o adulterar eran pecados; en otras palabras, entendían claramente los principios del Decálogo bíblico (Éxodo 20:3-17).

Estos principios pueden reconocerse en una serie de preguntas contenidas en un texto, en las cuales se trata de hallar la causa inexplicable de que el hombre viva bajo un castigo divino:

“¿Há apartado él al padre de su hijo o al hijo de su padre?
¿Ha rehusado él liberar a un cautivo?
¿Ha dicho él ‘sí’ en lugar de no, o ‘no’ en lugar de sí?
¿Ha usado él balanzas falsas?
¿Ha prestado él oído a informes mentirosos?
¿Ha fijado él un lindero falso?
¿Ha violado él la casa de su vecino?
¿Ha entrado él a la mujer de su prójimo?
¿Ha derramado él la sangre de su vecino?” *


Estas preguntas son una viva ilustración de la verdad de la declaración del apóstol Pablo, de que los paganos estaban familiarizados con lo esencial de la ley de Dios:

“Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos” (Romanos 2:14, 15).

La ley de Dios, expresada en su forma más perfecta en el Decálogo, contiene principios universales e inmutables que discriminan entre lo correcto y lo incorrecto, principios que en parte fueron también expresados en las preguntas de ese antiguo hombre anónimo, autor del texto cuneiforme que presentamos. Aunque él y sus conciudadanos del valle da Mesopotamia no estaban familiarizados probablemente con el Decálogo según la forma bíblica, estaban bien concientes de sus principios y sabían muy bien lo que era correcto y lo que no lo era.

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*L. W. King, Babylonian Religion and Mithology, (Londres, 1899), p. 218-219.