1.01. El nacimiento de la arqueologia bíblica - I

Cuando Sir Isaac Newton escribió su Chronology of Ancient Kingdoms (Cronología de los Reinos Antiguos), publicada en 1728, sus fuentes documentales fueron la Biblia y las obras de los escritores clásicos griegos y romanos.

Sus conclusiones, deducidas de las partes históricas de la Biblia, han soportado la prueba del tiempo y aun hoy día sólo necesitan ligeros retoques. Pero resultó completamente errónea su reconstrucción de la historia antigua, para la que dependió de la información clásica secular.

De acuerdo con Newton, Sesac, el Sisac bíblico que despojó el templo de Jerusalén durante el reinado de Roboam, hijo de Salomón, no sólo invadió África y España sino que cruzó el Helesponto y también marchó hacia la India donde levantó columnas de victoria en el río Ganges. Por lo que sabemos ahora, Sisac no emprendió ninguna de esas campañas con la excepción de la que está registrada en la Biblia.

Para Newton, el gran rey Ramsés vivió en el siglo IX AC, en vez del siglo XIII, y ¡fue seguido por los edificadores de las grandes pirámides de Gizeh, Keops, Kefrén y Micerino! Hoy sabemos que esos reyes - de la cuarta dinastía egipcia - vivieron muchos siglos antes y que sus pirámides ya eran monumentos famosos de la gloria de sus constructores en el tiempo de Moisés.

Comentadores de la Biblia que escribieron a comienzos del siglo XIX, como Adam Clarke, se vieron en la misma dificultad de Sir Isaac Newton. Se encontraron en un terreno incierto cada vez que trataron de aclarar la historia bíblica del período prepersa usando los registros antiguos, para colocar los relatos de la Biblia en su marco histórico correspondiente. Por lo tanto, sus explicaciones acerca de hechos históricos son generalmente engañosas.

A comienzos del siglo XIX, las fuentes disponibles para el investigador de la historia antigua eran oscuras y vagas, también distorsionadas y erróneas, y contenían grandes lagunas que no eran reconocibles. También presentaban figuras legendarias como personajes históricos; de modo que era imposible reconstruir una verdadera historia del mundo antiguo.

Aun hoy, con nuestro conocimiento mucho mayor de la historia antigua, estamos todavía muy lejos de una comprensión correcta de todos los sucesos entretejidos en las naciones antiguas y no podemos identificar, en todos los casos, las figuras y acontecimientos descritos por los autores clásicos.

Mediante los descubrimientos arqueológicos posteriores, se ha comprobado que son indignas de confianza las antiguas fuentes documentales preservadas por los escritores griegos y romanos.

Cuando se demostró que una buena parte de la información de los escritores antiguos había sido mal comprendida, o era enteramente falsa, surgió un escepticismo entre los eruditos hacia toda la literatura antigua. Por ejemplo, no sólo se declaró que la Ilíada es una leyenda sino que fue negada la misma existencia de la ciudad de Troya hasta que Enrique Schliemann demostró su existencia mediante sus excavaciones.

El escepticismo provocado por los escritos antiguos - con buen fundamento en muchos casos - también se extendió a los escritos de la Biblia. Muchos pensaron que los registros bíblicos en cuanto a la historia antigua de este mundo, y los relatos en cuanto a los patriarcas, profetas, jueces y reyes, en la mayoría de los casos eran tan legendarios como los de otros pueblos antiguos que nos habían llegado mediante los escritores griegos y latinos.

Los más famosos historiadores y teólogos del siglo XIX fueron los que tuvieron las mayores dudas en cuanto a la veracidad de los relatos de la Biblia y se contaron entre sus críticos más acérrimos.