6.00. La resurrección de la antigua Palestina

Por largo tiempo, Palestina permaneció sin ser tocada. No fue antes del último tercio del siglo XIX cuando se introdujo la pala en las colinas de Palestina.

¿Por qué esperaron los arqueólogos más que el lapso de una vida, después de que Egipto y Mesopotamia comenzaron a entregar sus antiguos tesoros? ¿Por qué vacilaron antes de excavar en el país de los patriarcas y profetas, la patria de David, Salomón y Cristo? ¿No debería haber sido considerada Palestina como el campo más fértil para los arqueólogos bíblicos? ¿No podía esperarse que proporcionara un material valioso por el cual se corroboraran los relatos bíblicos y se confirmara la Palabra escrita de Dios?

Son fáciles de encontrar las razones por las cuales vacilaron los primeros arqueólogos antes de excavar en Palestina. Ella nunca fue el centro de un gran imperio rico y no poseyó ni edificios monumentales - con la excepción del templo de Jerusalén, completamente destruido - ni ciudades magníficas, como Tebas, Menfis, Nínive, Babilonia, Susa, Atenas o Roma.

Con la excepción de un corto tiempo, durante el reinado de Salomón, el país había sido pobre y generalmente estuvo dividido entre pueblos diferentes. Había visto más guerras y destrucciones que cualquier otro país de su tamaño, y su clima húmedo daba poca esperanza de que pudiera haber sobrevivido durante milenios cualquier material perecedero ante los embates de las destructivas fuerzas de la naturaleza.

La religión judía fue otra causa de la pobreza arqueológica, comparativamente grande de Palestina. En los países vecinos, los reyes levantaban monumentos de muchas clases para perpetuar sus nombres y fama. Tales monumentos no podían esperarse en la tierra de los israelitas, a quienes por ley les estaba prohibido hacer imágenes o erigir monumentos (Éxodo 20:4; Levítico 26:1; Deuteronomio 7:5, 16:22), y se les ordenaba que destruyeran tales objetos doquiera los encontraran.

Aunque puede suponerse que muchos reyes infieles de Israel construyeron tales monumentos, es igualmente probable que otros reyes, tales como Josías y Ezequías, o el gobernador Nehemías, destruyeran todos los monumentos que habían levantado sus predecesores. Por lo menos, esto explicaría por qué el único monumento conmemorativo descubierto hasta ahora, con una inscripción hebrea, sea la piedra moabita de Mesa, erigida por un rey pagano.

Por estas razones es comprensible que los excavadores tuvieron poca esperanza de efectuar descubrimientos espectaculares en Palestina, y las veintenas de excavaciones efectuadas en ese país han confirmado completamente los temores de los arqueólogos. Palestina no ha producido tesoros como los de las tumbas de Tutankamón o de los reyes de Ur, ni ha recompensado los esfuerzos de los excavadores con inscripciones comparables en número con las que han proporcionado Egipto o Mesopotamia.

Sin embargo, Palestina puede dar descubrimientos sensacionales. Esto finalmente se ha demostrado con los hallazgos de manuscritos bíblicos, y otros que no lo son, de dos mil años de antigüedad [a partir de 1947], tanto como planchas de cobre, en cuevas del desierto de Judea. Pueden esperarse grandes cosas si estos descubrimientos realmente fenomenales son sólo un ejemplo de lo que el suelo y las cavernas de Palestina pueden reservarnos.